Filosofía

Hotel Rwanda. Algunos símbolos del genocidio perpetrado en Ruanda, a la luz del film.

Ahondar en los múltiples efectos y/o consecuencias que ha causado a través de la historia la manifestación de asesinatos en masa, es tropezar a su vez con cuestiones político económicas por un lado, y por el otro, indagar sobre los modos en que se ha flagelado al género humano, junto con las interrelaciones que se derivan de ese flagelo. No obstante, en lo que concierne al área de las ciencias sociales, y dentro de ellas: la filosofía, en ocasiones brinda sobre el problema respuesta tardía. Esta actitud –por lo menos desde la postura de este escrito– se debe a que el filósofo está inmerso en dedicar más tiempo a sus modos conceptuales de expresión, en lugar de asumir una postura o meterse de lleno al análisis de ese acontecimiento que considera el problema filosófico.

La postura tardía que se ha descrito con antelación también parece abarcar la cadena de asesinatos en masa, o genocidio, que ocurrió en Ruanda – Burundi, en el año 1994. Tan tarde ha llegado la postura de algunos investigadores de las ciencias sociales, que antes de extenderse una denuncia por parte de estos sobre ese nefasto suceso africano, ha antecedido esa ausencia la interpretación del cineasta Terry George. Es pues precisamente su manera de narrar el problema, lo que da pie a la elaboración de este escrito, en donde se plantea, entre otras cosas, que el origen de la masacre ruandesa tiene sus raíces en aquello que los hutus interpretaron como “cultura”. Hecha mención del panorama social, en adelante se exponen algunos “símbolos” que hacen posible –según mi lectura– la exaltación de esa manifestación.

Sabemos pues, que el protagonista principal del film: Paul Rosesabagina, pese al ambiente étnico que atraviesa Ruanda y con ayuda de sus majestuosas técnicas de presión, consigue salvar –del genocidio perpetrado por hutus a tutsis y comunidad civil– numerosas vidas, de las cuales al final de este escrito se vuelve a hacer mención. Por ahora, téngase presente que el Hôtel Des Mille Collines es el escenario donde se desenvuelve Paul, para llevar a cabo un cometido de connotaciones gigantes.

El primero de los símbolos que la cinta ofrece –al que no solo se enfrenta Paul, sino todo el pueblo ruandés– es la radio. Para su rastreo, al inicio del film vemos como la voz de un locutor se expresa con comentarios despectivos hacia los tutsis, pues según su retórica, usurparon las tierras de los hutus. Toda noticia que quiera emitir este locutor es comenzada con las palabras: “emisora del poder hutu”. Con probabilidad este sea el primer elemento que da cuenta del grado de parcialización y adoctrinamiento que ejerce la labor periodística en una situación tan devastadora para el continente africano, como esta.

Otro símbolo que la estructura cronológica del film nos muestra es aquel que se desprende de los rasgos físicos, los cuales son descritos cuando un corresponsal de guerra se interesa por los antecedentes históricos de ese distanciamiento entre tutsis – hutus. Acto seguido, se entera que a estos últimos –tiempo atrás– los colonizadores belgas les exaltaron sus rasgos faciales, dentro de ellos: la nariz constituyó un ejemplo de diferenciación ideológica. De manera que los hutu no solo se verían beneficiados en cuanto a apariencia física respecto a otros grupos, sino que además adquirirían el poder de mando sobre sus contrarios. Esto se complica aún más con la caída del avión en donde viajaba el presidente de Rwanda, perteneciente al partido hutu; nos encontramos así ante la activación de esos conflictos que, desde la colonia, se suscitaron en África y que ahora serían retomados por el poder político imperante.

Seguidamente, el film nos expone una retaliación en contra de todo aquel que no siga los planteamientos hutus. Es decir, quien no hace parte del grupo se entiende contrario a este. Y precisamente para mantener el orden o llevar a cabo un rastreo de quienes pertenecen a esa política y quienes no, viene a continuación un símbolo estrepitoso –desde un punto de vista estatal– y hasta pueril –desde una mirada humana– que conduce a la identificación, pertenencia o compromiso de un individuo en relación al movimiento político de su preferencia. Este elemento otorga credibilidad y es tan importante para los que se saben hutus, que tiene una suerte de carta de presentación: quien no la carga se entiende contrario, y entre tanto, merece ser aniquilación. La misma funcionalidad cumple el símbolo de la bandera, un pedazo de tela que enarbola la defensa asidua a la causa hutu, como podrán apreciar, es tanto el significado político que estos elementos tienen, que tan elemental movimiento de esa bandera pudo salvar la vida –dentro del film– de un conductor neutral, el cual, con cierta ironía hacia este imperativo: se consideraba neutral entre las dos movimientos adversarios de los que se viene hablando.

Ante una arremetida de estas y frente a la preocupación que ello genera en un contexto social, el gerente del hotel contacta a un alto mando de la O.N.U. en quien, según cree, puede encontrar apoyo para contrarrestar la crisis que atraviesan. Sin embargo, se encuentra con una revelación que logra impactar al espectador: “ustedes los negros, al igual que el continente africano ¡nos valen mierda!”. Rosesabagina se encuentra así ante un ambiente desolador –el mismo que afecta al panorama social–, mientras las matanzas continúan en alza. Dentro de este tercer punto de los símbolos que exaltan identidad, es admirable la muestra de astucia que el gerente del hotel muestra (hacia el minuto 65 del film). Palabras más, palabras menos, ordena a sus empleados eliminar todo objeto que represente identidad, la estrategia se observa con la llegada del ejército hutu, pues en medio de la su inquebrantable ser de venganza se encuentran con la imposibilidad de diferenciar entre tutsis o civiles, así como de militantes hutus.

Por otra parte, las contradicciones del movimiento insurgente no se hacen esperar, pues se consideran víctimas, mientras excluyen a todo contrario. Esa victimización les confiere además gestos de corruptibilidad bastante marcados en donde el dinero, como pasa en nuestro país con el secuestro, es un elemento que sirve de canje por la libertad del prisionero. Esta modalidad de intercambio se ve reflejada en la “venta de traidores hutu”, recordemos pues en este intervalo que, a cambio de un valor monetario de 100.000 francos el gerente del banco salva la vida a unas treinta personas, en un momento en que sus vidas pendieron de un hilo. Cabe destacar además que al caer en gestos de corruptibilidad se hace complejo que un grupo de hombres dispuestos a asesinarse entre sí guarden ánimos para negociar con organismos internacionales, quizá por considerarse con más poderío que aquellos. El ejemplo de esta anterior expresión no es otro que el irrespeto que hutus tienen frente a cascos azules –a diez de los cuales dan muerte– y seguidamente frente a una mujer que en nombre de la cruz roja se dispone a velar por la vida de niños marginados.

Finalmente, frente a la vulneración de civiles y tutsis, la luz de esperanza tardía –que convalida el desprecio en las palabras de aquel alto mando del que se habló atrás– es suministrada por la comunidad internacional pero solo a los blancos y a una que otra mascota. Respecto a los africanos, el relato fílmico deja apreciar que lograron salir de ese ambiente bélico aquellos que encontraron refugio en el extranjero por sus propios medios; esta salida del territorio devastado no trajo consigo augurio sino la oportunidad de otorgar a la persona ruandesa un panorama ajeno a la muerte, auspiciada por el ímpetu de una supuesta cultura superior que trajo para este pueblo africano un paralogismo que dio pie al genocidio de un millar de individuos, pese a las cientos de vidas que logro salvar Rosesabagina.

Andrés Julián Ruiz Aparicio

Redactado en el marco del curso “Fenomenología de la paz”. Noviembre de 2014.

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